Un análisis satelital de más de 15.000 acantilados antárticos encontró que algunos retroceden más rápido de lo previsto, pero no necesariamente provocan un colapso en cadena. La topografía, el agua y el hielo fragmentado que se acumula frente a ellos pueden ayudar a explicar su estabilización.
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- El equipo analizó mediciones de ICESat-2 tomadas entre 2019 y 2023, con observaciones trimestrales de más de 15.000 acantilados.
- La altura promedio observada fue de unos 30 metros; los acantilados más altos estudiados alcanzaron cerca de 100 metros y uno llegó a 127.
- Los episodios de retirada rápida fueron breves y dieron paso a estabilización, vinculada a factores como la topografía del lecho, el mélange y la profundidad del agua.
🧊 Antártida: acantilados retroceden rápido, pero se estabilizan
Un análisis satelital siguió más de 15.000 acantilados entre 2019 y 2023.
En algunos, el hielo retrocedió más rápido de lo previsto y luego se estabilizó.
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Acantilados antárticos retroceden rápido, pero no provocan un colapso sin freno
Observaciones que ponen a prueba una hipótesis
El comportamiento de los acantilados de hielo antárticos podría ser más complejo de lo que sugiere una explicación basada únicamente en su altura. Un estudio de investigadores del MIT y la Institución Oceanográfica Woods Hole, publicado en Science, analizó más de 15.000 acantilados mediante mediciones satelitales recopiladas durante cuatro años. El equipo detectó que algunos retrocedieron a mayor velocidad de la prevista por los modelos, aunque esa retirada no se prolongó de forma indefinida.
La pregunta importa porque las plataformas de hielo que bordean la capa antártica ayudan a contener el hielo del interior. Cuando esas plataformas se derriten o se desprenden, pueden dejar expuestos acantilados sólidos frente al océano, y su estabilidad influye en la manera en que la capa de hielo pierde masa. Esa pérdida puede contribuir al aumento del nivel del mar, aunque el estudio no ofrece una cifra nueva sobre cuánto subiría.
Hasta ahora, algunos modelos de la llamada inestabilidad de acantilados de hielo marino, conocida como MICI, atribuían un papel decisivo a la altura. Según esa hipótesis, un acantilado que supera aproximadamente los 100 metros podría colapsar bajo su propio peso y dejar expuesta una pared más alta, que también caería. La repetición del proceso podría provocar una retirada en cadena de la capa de hielo.
El trabajo no descarta que los acantilados colapsen ni que la pérdida de hielo tenga consecuencias, pero sí cuestiona que la altura por sí sola permita anticipar una cascada sostenida. Las mediciones muestran episodios de retirada rápida seguidos por períodos de estabilización, y apuntan a que el entorno físico modifica la respuesta de cada glaciar. Por eso, los autores plantean que las proyecciones necesitan considerar más variables.
Lo que mostraron las mediciones satelitales
Para examinar la evolución de los acantilados, el equipo utilizó ICESat-2, el satélite de la NASA que mide elevaciones con un altímetro láser en las regiones polares. Las observaciones abarcaron el período de 2019 a 2023 e incluyeron mediciones cada tres meses de más de 15.000 acantilados antárticos. Este seguimiento permitió comparar no solo alturas, sino también cambios a través del tiempo.
La altura promedio de los acantilados analizados rondó los 30 metros, bastante por debajo del umbral cercano a 100 metros que suelen emplear los modelos para representar la inestabilidad. El equipo también encontró algunos ejemplares que superaban esa marca, lo que permitió examinar de manera específica qué ocurría en los sitios que más se aproximaban al supuesto nivel crítico. Uno de los acantilados estudiados alcanzó 127 metros.
Después del análisis general, los investigadores se concentraron en cuatro regiones donde ICESat-2 registró los acantilados más altos. Recopilaron mediciones trimestrales de esos lugares durante cuatro años para observar cómo cambiaban las paredes y la capa de hielo cercana. En esas regiones, los acantilados altos sí colapsaron y el hielo retrocedió, pero lo hizo más rápido de lo que anticipaban los modelos MICI.
La retirada, sin embargo, duró poco: tras ese retroceso, el hielo volvió a extenderse hacia el océano y las zonas observadas se estabilizaron. Caroline Needell, autora principal y estudiante de posgrado del Programa Conjunto MIT-WHOI, describió el patrón como una retirada rápida interrumpida por períodos de estabilidad. El resultado desafía la idea de que un colapso inicial conduzca automáticamente a una erosión continua.
El entorno también sostiene el acantilado
Un factor que llamó la atención de los investigadores fue el mélange, la mezcla de icebergs rotos y hielo marino que puede acumularse frente a un acantilado. En los sitios donde las paredes permanecieron aproximadamente en su lugar, el equipo observó un mélange más grueso. Needell indicó que esa acumulación podría ejercer un efecto estabilizador, aunque el estudio presenta esa relación como una posible explicación y no como una causa demostrada por sí sola.
La profundidad del agua circundante también puede influir en la estabilidad. Según las observaciones descritas por el equipo, cuanto más profunda es el agua, mayor capacidad tiene para hacer flotar el hielo y ejercer presión contra el acantilado, lo que podría ayudar a evitar su colapso. Ese mecanismo subraya que la relación entre una pared de hielo y el océano no se reduce a la altura visible sobre la superficie.
Los científicos también evaluaron la topografía del terreno bajo la capa de hielo. Cuando el lecho es plano, la pendiente del hielo puede reflejar mejor la altura real del acantilado; en cambio, una elevación del terreno bajo el hielo puede reducir el espesor de la pared que parece alta desde arriba. Esa irregularidad puede funcionar como un bache, adelgazando el hielo y haciendo menos probable que siga colapsando.
Al comparar sus observaciones con los datos topográficos antárticos, los investigadores encontraron que los acantilados tendían a estabilizarse cerca de zonas donde el terreno se eleva. También observaron que los acantilados más altos se adelgazan con mayor rapidez durante el colapso y terminan formando paredes más bajas y estables. Para el equipo, esa transición ofrece otra explicación de por qué la retirada no siempre se convierte en una cascada.
Implicaciones para las proyecciones del nivel del mar
El hallazgo tiene una doble lectura para las proyecciones sobre la pérdida de hielo. Por un lado, los acantilados que colapsaron retrocedieron con más rapidez que la prevista por los modelos utilizados para representar MICI, lo que podría implicar una pérdida mayor durante esos episodios. Por otro, su estabilización posterior indica que no se observó el efecto descontrolado que la hipótesis anticipaba en esos casos.
El estudio no concluye que el riesgo para la capa antártica haya desaparecido ni que el retroceso observado carezca de consecuencias. Sus resultados muestran que la respuesta varía y que elementos como la forma del lecho, el espesor del mélange y la profundidad del agua pueden influir en el comportamiento de los acantilados. Una interpretación prudente debe mantener juntas ambas observaciones: aceleración en el retroceso y estabilización posterior.
Needell sostuvo que conocer la topografía del fondo y la tasa a la que se adelgaza el hielo resulta importante para representar la inestabilidad de los acantilados en las proyecciones del aumento del nivel del mar. La altura sigue siendo relevante, pero el equipo argumenta que no basta como variable única. La investigación aporta así observaciones directas con las que los modelos pueden contrastar sus supuestos.
El trabajo fue realizado por Needell junto con Catherine Walker, científica asistente en WHOI, y Jeremy Bassis, profesor asociado de la Universidad de Michigan. Según la información difundida por MIT News, la investigación recibió apoyo de la NASA, la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos y el proyecto DOMINOS, parte de la Colaboración Internacional del Glaciar Thwaites. Los autores dejan como tarea central incorporar mejor el terreno y el adelgazamiento del hielo al evaluar cómo responderá la Antártida.
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