Por Canuto  

El Pentágono proyecta gastar hasta USD $131.230 millones en comprar, modernizar y mantener cazas F-15 hasta 2037, mientras el costo total del programa F-35 aumenta 10,5%. La magnitud de ambos compromisos reabre el debate sobre cómo Estados Unidos distribuye recursos entre tecnología furtiva, plataformas heredadas y futuras capacidades militares.
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  • El Departamento de Defensa adjudicó a Boeing un contrato de entrega indefinida y cantidad indefinida con un techo potencial de USD $131.230 millones.
  • La estimación para adquirir 2.470 cazas F-35 subió de USD $485.200 millones a USD $536.200 millones, un aumento de 10,5%.
  • La Fuerza Aérea planea elevar de 129 a 267 unidades su compra de la versión más reciente del F-15, cuyo precio ronda USD $138 millones por avión.


El Pentágono adjudicó a Boeing un contrato con un techo de hasta USD $131.230 millones para comprar, modernizar y mantener cazas F-15 destinados a la Fuerza Aérea de Estados Unidos y países aliados hasta 2037. La cifra convierte a un avión cuyo primer vuelo ocurrió durante la guerra de Vietnam en una de las mayores apuestas individuales observadas en los anuncios de contratos del Departamento de Defensa.

El acuerdo llega pocos días después de que el Pentágono divulgara un aumento de 10,5% en la estimación de costo del programa F-35, el sistema de armas más caro de la historia. En conjunto, ambos anuncios muestran cómo Washington continúa financiando simultáneamente plataformas heredadas, aeronaves actuales y tecnologías diseñadas para los conflictos del futuro.

Un contrato de gran tamaño para un avión antiguo

El contrato asignado a Boeing cubre una combinación amplia de actividades: la adquisición de aeronaves F-15, sus mejoras y el sostenimiento de la flota durante los próximos años. Aunque el documento establece un techo potencial de USD $131.230 millones, hasta el momento solo se habían obligado USD $343.740, por lo que el monto total dependerá de futuras órdenes y decisiones presupuestarias.

El Departamento de Defensa estructuró el acuerdo como un contrato de entrega indefinida y cantidad indefinida, una modalidad que permite solicitar bienes y servicios a lo largo del tiempo sin comprometer desde el inicio todo el valor máximo. Aun con esa precisión, el tamaño del techo contractual resulta extraordinario: equivale aproximadamente al presupuesto completo de la Fuerza Aérea estadounidense en 2009 y representa cerca de USD $400 por cada habitante de Estados Unidos.

La adjudicación también fue descrita como una adquisición de fuente única, una condición que concentra el negocio en Boeing y reduce la competencia directa por ese contrato. La compañía, que heredó el programa tras la adquisición de McDonnell Douglas, remitió las solicitudes de comentarios a la Fuerza Aérea y aparentemente no publicó un comunicado específico sobre el acuerdo.

La ausencia de una obligación inmediata de USD $131.000 millones no elimina la importancia política y estratégica del anuncio, porque el techo establece el espacio financiero disponible para extender la familia F-15. El compromiso proyectado abarca aviones que ya no pertenecen a la generación tecnológica de su primer vuelo, aunque sus sucesivas actualizaciones les han permitido continuar dentro de los planes de defensa estadounidenses.

La Fuerza Aérea amplía su compra del F-15

A comienzos de 2026, la Fuerza Aérea indicó que pretendía aumentar de 129 a 267 unidades la compra de la versión más reciente del F-15. Los aviones que actualmente salen de la línea de ensamblaje de Boeing en St. Louis tienen un precio aproximado de USD $138 millones por unidad, antes de considerar necesariamente todos los costos de soporte, mejoras y operación que contempla el nuevo acuerdo.

El F-15 es un caza bimotor que comenzó a volar en una época en la que todavía no existían los drones actuales, los misiles de crucero contemporáneos ni el diseño furtivo que caracteriza al F-35. Su permanencia dentro de la estructura militar responde, según la lógica del programa, a la posibilidad de actualizar una plataforma conocida en lugar de retirar de inmediato toda una familia de aeronaves y su infraestructura asociada.

El contraste tecnológico no implica que el avión de los años setenta permanezca sin cambios, ya que Boeing ha incorporado mejoras durante décadas y la versión moderna representa una evolución considerable respecto del modelo original. Sin embargo, el origen del diseño subraya la tensión entre invertir en un sistema probado y reservar recursos para capacidades que fueron concebidas específicamente para entornos de combate más recientes.

El acuerdo de fuente única también plantea preguntas sobre la forma en que el Pentágono compra equipo militar cuando busca sostener una plataforma existente. La previsibilidad industrial puede facilitar la producción y el mantenimiento, pero una orden de esta magnitud concentra recursos y vuelve más relevante la supervisión de costos, cantidades, modernizaciones y resultados operativos.

El costo del F-35 vuelve a subir

El F-15 no fue el único programa que llamó la atención en los documentos recientes del Pentágono. La nueva estimación para los 2.470 F-35 que planeaban comprar la Fuerza Aérea, la Marina y el Cuerpo de Marines aumentó de USD $485.200 millones, calculados en 2023, a USD $536.200 millones.

El incremento representa USD $51.000 millones adicionales frente a la previsión anterior y lleva el crecimiento acumulado a 10,5%. El informe de adquisición seleccionado tiene fecha del 21 de abril, pero el Departamento de Defensa no lo hizo público sino hasta el 26 de agosto, según la información citada en el reporte.

Las explicaciones asociadas al aumento retoman problemas conocidos de los grandes programas de defensa: previsiones iniciales demasiado optimistas, cambios en los costos y dificultades que aparecen cuando una tecnología compleja pasa del diseño a la operación sostenida. La primera estimación del programa F-35, realizada en 2001, calculaba un costo de USD $233.000 millones, una cifra que quedó muy lejos de las proyecciones actuales.

El programa F-35 fue concebido como una familia de aeronaves furtivas para tres ramas militares estadounidenses, con variantes adaptadas a operaciones desde bases terrestres, portaaviones y pistas de despegue corto. Su costo no se limita al precio de compra de cada avión, pues también incluye desarrollo, producción, modernizaciones y sostenimiento durante la vida del programa.

Portaaviones, catapultas y prioridades militares

El debate sobre los cazas ocurre mientras la Casa Blanca también revisa decisiones tecnológicas de la Marina. Donald Trump anunció el 13 de agosto, mediante un Memorándum Presidencial de Seguridad Nacional, su preferencia por regresar a catapultas de vapor en los portaaviones, después de haber criticado en 2017 los sistemas electromagnéticos que sustituyen a los mecanismos tradicionales.

Trump contó que un marinero le había respondido que las catapultas electromagnéticas no funcionaban bien y que, a partir de esa conversación, defendió públicamente el vapor como una alternativa más potente. La Marina ha reconocido que tuvo problemas para operar correctamente el nuevo sistema, aunque sostiene que, después de casi una década de ajustes, las catapultas electromagnéticas funcionan adecuadamente.

El almirante Daryl Caudle, jefe de operaciones navales, afirmó el 22 de agosto que los portaaviones de la clase Ford podrían poner más aeronaves en el aire que los buques de la clase Nimitz equipados con catapultas de vapor. Según su explicación, la nueva tasa de generación de salidas se ubica entre 120% y 130% de la registrada por los portaaviones anteriores, un dato que respalda la continuidad del sistema electromagnético.

Caudle advirtió que regresar al vapor exigiría un cambio de diseño significativo, porque los primeros tres portaaviones de la clase Ford ya fueron construidos con catapultas electromagnéticas. La modificación no consistiría en sustituir un componente aislado, sino en revisar sistemas de energía y estructuras centrales del buque, con costos y consecuencias operativas que la Marina aún tendría que presentar de manera completa.

Un gasto que abarca pasado, presente y futuro

La discusión sobre el cuarto portaaviones de la clase Ford añade una dimensión política al debate tecnológico. El buque, que se encuentra en construcción, fue nombrado durante la primera administración Trump en honor de Doris Dorie Miller, un héroe de Pearl Harbor que murió 717 días después del ataque del 7 de diciembre de 1941, cuando un torpedo japonés hundió su buque de guerra.

El USS Doris Miller sería el primer portaaviones estadounidense nombrado en honor de un marinero de tropa y también el primero en llevar el nombre de una persona negra. Sin embargo, varios informes señalaron que la Marina analiza cambiar el nombre para honrar a Trump, una posibilidad que provocó el malestar comprensible de la familia de Miller.

Ni la Marina ni la Casa Blanca habían negado públicamente que esas conversaciones estuvieran en marcha, de acuerdo con el reporte de Responsible Statecraft. Esa falta de confirmación o rechazo deja abierta una controversia que combina memoria histórica, reconocimiento institucional y la influencia política de la Casa Blanca sobre las prioridades de las Fuerzas Armadas.

En el plano presupuestario, los anuncios reflejan una estrategia que distribuye dinero entre armas de generaciones distintas: miles de millones para sistemas antiguos, otros tantos para plataformas actuales y nuevos recursos para tecnologías futuras. La escala del gasto vuelve crucial distinguir entre el valor máximo de un contrato, las obligaciones efectivas y el costo total de operar cada sistema durante décadas.

La fuente de la información, Responsible Statecraft, presentó el contrato del F-15 y el aumento del F-35 como ejemplos de la expansión persistente del gasto militar estadounidense. Más allá de la valoración editorial, las cifras oficiales citadas permiten observar un problema concreto: incluso cuando una aeronave ya acumula décadas de servicio, su modernización puede convertirse en un compromiso financiero de dimensiones históricas.


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