Un estudio del MIT y la Universidad de Boston encontró que la actividad de la red cerebral del lenguaje permanece casi idéntica en adultos jóvenes y mayores, mientras la red vinculada con la memoria de trabajo, la atención y la resolución de problemas muestra señales claras de deterioro.
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- La actividad de la red del lenguaje fue casi igual en participantes de 17 a 39 años y de 41 a 80 años.
- La red de demanda múltiple presentó menor sincronización, activación más débil y una extensión reducida en los adultos mayores.
- Los investigadores plantean que las redes especializadas, como la del lenguaje, podrían resistir mejor el envejecimiento que los sistemas ejecutivos flexibles.
El envejecimiento suele asociarse con una pérdida gradual de capacidades como la memoria de trabajo, la atención y la resolución de problemas. Sin embargo, las habilidades lingüísticas siguen una trayectoria distinta: salvo en casos vinculados con accidentes cerebrovasculares o demencia, muchas personas mayores conservan su dominio del lenguaje y pueden ampliar su vocabulario durante décadas. Un estudio realizado por investigadores del Massachusetts Institute of Technology y la Universidad de Boston aporta ahora una explicación desde la actividad cerebral.
El equipo encontró que la red neuronal encargada de procesar el lenguaje funciona de manera casi idéntica en adultos jóvenes y mayores cuando ambos grupos escuchan historias, leen frases o enfrentan palabras desconocidas. En contraste, la llamada red de demanda múltiple, relacionada con el control ejecutivo y la adaptación a tareas diversas, presentó diferencias marcadas entre las edades. Los resultados fueron publicados el 24 de agosto de 2026 en Nature Communications, según informó MIT News.
Dos redes con trayectorias opuestas
La investigación comparó a participantes de entre 17 y 39 años con personas de 41 a 80 años. Los científicos partieron de una observación conocida en estudios conductuales: las funciones ejecutivas suelen debilitarse con la edad, mientras el vocabulario y otras capacidades lingüísticas se mantienen estables o incluso mejoran. La intención fue determinar si esa diferencia también podía observarse directamente en la organización funcional del cerebro.
La red de demanda múltiple incluye regiones distribuidas en los lóbulos frontales y parietales, y permite resolver problemas, sostener la atención, recordar información temporalmente y ajustar la conducta ante situaciones nuevas. Investigaciones anteriores habían asociado el envejecimiento con una menor coordinación dentro de este sistema, aunque no estaba claro si una transformación parecida afectaba la red del lenguaje. Para comparar ambas estructuras, los investigadores diseñaron tareas capaces de activar principalmente una red u otra en cada participante.
Durante una prueba de memoria espacial, los voluntarios debían recordar la ubicación de cuadrados dentro de una cuadrícula, una actividad que exige control ejecutivo y retención temporal de información. Los adultos mayores mostraron una red de demanda múltiple más pequeña, menos sincronizada y con una activación general más débil que la de los jóvenes. El patrón coincidió con la expectativa de los investigadores y reforzó la evidencia de que el envejecimiento afecta de forma importante a los sistemas cerebrales de propósito general.
Anne Billot, autora principal del trabajo, explicó que el sistema ejecutivo mostró deterioro en prácticamente todas las mediciones utilizadas por el equipo. Según su descripción, la sincronización disminuyó, la extensión de la activación se redujo y también cayó la magnitud de la respuesta neuronal. Ese conjunto de cambios contrasta con la estabilidad observada en la red lingüística y ayuda a separar el deterioro ejecutivo de una supuesta pérdida generalizada de capacidad cerebral.
El lenguaje conserva su mapa cerebral
Para estudiar el procesamiento lingüístico, los participantes escucharon relatos y leyeron oraciones mientras los investigadores registraban su actividad cerebral. En los dos grupos de edad, las respuestas mostraron niveles parecidos y una distribución espacial similar a lo largo de la red del lenguaje. Los científicos tampoco detectaron señales de que esa red se volviera menos sincronizada en los adultos mayores.
El equipo examinó además cómo reaccionaban los cerebros ante dificultades específicas, como una palabra desconocida o una construcción gramatical inusual. Tanto los jóvenes como los mayores aumentaron la actividad en las áreas del lenguaje cuando encontraron esos elementos, lo que indicó una sensibilidad comparable a las irregularidades lingüísticas. Evelina Fedorenko, profesora asociada de ciencias cerebrales y cognitivas del MIT y coautora sénior, señaló que el resultado no sugiere una diferencia fundamental en la forma en que ambos grupos procesan el lenguaje.
Los investigadores también buscaron comprobar una hipótesis según la cual, con el envejecimiento, la red del lenguaje podría mezclarse funcionalmente con la red de demanda múltiple para compensar sus limitaciones. El análisis no halló evidencia de esa reorganización: la red lingüística mantuvo su topografía, su lateralización, su selectividad y su conectividad funcional. En otras palabras, el cerebro mayor no pareció depender de una invasión adicional del sistema ejecutivo para comprender las historias y las frases utilizadas en el estudio.
El hallazgo no significa que todos los aspectos de la comunicación mejoren automáticamente con la edad ni que el estudio haya medido directamente el desempeño lingüístico cotidiano. Su aporte principal consiste en mostrar que la actividad de la red especializada permanece conservada durante tareas de lenguaje, incluso cuando otra red cerebral presenta una reducción considerable. Esa distinción resulta relevante porque evita interpretar el envejecimiento como un proceso uniforme que debilita del mismo modo todos los circuitos.
Más conocimiento, menos flexibilidad
La estabilidad de la red del lenguaje podría relacionarse con la forma en que las personas acumulan conocimiento durante su vida. El vocabulario y la experiencia lectora pueden seguir ampliándose mediante la exposición continua a conversaciones, textos y nuevas expresiones, de modo que el sistema lingüístico recibe un flujo constante de información. Fedorenko comparó este proceso con el entrenamiento de un modelo de lenguaje que incorpora cada vez más datos, aunque la analogía no convierte al cerebro humano en un sistema artificial.
El estudio sugiere que la acumulación de conocimiento puede ofrecer una ventaja a las funciones especializadas, porque cada nueva experiencia lingüística se integra sobre una base previamente construida. Las personas mayores también pueden dedicar más tiempo a la lectura en determinados momentos de la vida, lo que les proporciona una fuente adicional de vocabulario y comprensión. Estas posibilidades se apoyan en investigaciones previas citadas por el equipo, pero no fueron evaluadas directamente como parte de este experimento de imágenes cerebrales.
La red de demanda múltiple opera de otra manera, ya que no almacena conocimiento de forma acumulativa como ocurre con el vocabulario. Su valor reside en ofrecer un recurso flexible que el cerebro puede desplegar para aprender habilidades nuevas, resolver problemas cambiantes y adaptarse a situaciones desconocidas. Esa flexibilidad, precisamente, podría hacerla más vulnerable al envejecimiento que una red dedicada a una función concreta y reforzada por años de experiencia.
Fedorenko planteó que la mayor vulnerabilidad del sistema ejecutivo sigue siendo una pregunta abierta. El estudio identifica con claridad la diferencia entre ambas redes, pero no determina por qué la demanda múltiple pierde sincronización, extensión y magnitud de activación mientras el lenguaje conserva esos rasgos. Comprender esa causa requerirá nuevas investigaciones que conecten la actividad neuronal con cambios biológicos, experiencia acumulada y desempeño individual.
Causas de movimientos recientes
No aplica: el artículo aborda resultados de neurociencia y no un movimiento de mercado.
Alcance y próximos interrogantes
Entre los autores principales figuran Billot, quien realizó el trabajo durante su doctorado en la Universidad de Boston y actualmente es investigadora posdoctoral en Harvard, y Niharika Jhingan, exasistente de investigación del MIT. Fedorenko y Swathi Kiran, titular de la cátedra James and Cecilia Tse Ying en Neurorehabilitación de Boston University, aparecen como autoras sénior. La colaboración entre ambos centros permitió analizar en un mismo diseño las redes vinculadas con el lenguaje y con las funciones ejecutivas.
Los resultados son especialmente importantes para el estudio del envejecimiento saludable, porque muestran que la preservación de una capacidad puede coexistir con el deterioro de otra. Una persona puede enfrentar más dificultades para sostener información o resolver una tarea novedosa y, al mismo tiempo, comprender estructuras gramaticales y reconocer palabras con una respuesta neuronal comparable a la de un adulto joven. Esa coexistencia ayuda a construir una visión más precisa y menos simplista de los cambios cognitivos.
El trabajo tampoco debe interpretarse como una garantía contra las alteraciones provocadas por enfermedades neurológicas. La propia investigación distingue el envejecimiento saludable de las dificultades lingüísticas asociadas con accidentes cerebrovasculares o demencia, condiciones que pueden afectar la comunicación de manera significativa. Por eso, conservar una red cerebral estable no equivale a descartar la necesidad de evaluar síntomas, sino a reconocer que la edad por sí sola no explica todos los cambios del lenguaje.
La investigación recibió financiación del National Institute on Deafness and Other Communication Disorders, el McGovern Institute del MIT, el Simons Center for the Social Brain, el Poitras Center for Psychiatric Disorders Research y Quest for Intelligence. El artículo se titula Preserved topography, lateralization, selectivity, and functional connectivity of the language network in older brains. Sus conclusiones dejan abierta una cuestión central para la neurociencia: por qué el cerebro conserva con tanta eficacia una red que acumula conocimiento, mientras pierde parte de la flexibilidad necesaria para afrontar desafíos nuevos.
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