Por Canuto  

Friedrich Merz y Emmanuel Macron preparan, según un reporte citado, una respuesta europea al déficit comercial con China, mientras analistas advierten que una revaluación del yuan sin más consumo interno podría repetir algunos errores asociados al Acuerdo del Plaza.
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  • El déficit comercial de bienes de la Unión Europea con China llegó a EUR 359.800 millones en 2025, según Eurostat.
  • Un reporte atribuye a Merz la estimación de que el yuan está infravalorado entre 25% y 30%, mientras Macron respaldaría una posición europea coordinada.
  • La propuesta enfrenta críticas por el riesgo de repetir algunos efectos de la experiencia japonesa posterior al Acuerdo del Plaza de 1985.


El canciller alemán Friedrich Merz y el presidente francés Emmanuel Macron acordaron elevar la presión política sobre China para corregir el desequilibrio comercial que, según un reporte citado por KuCoin, alcanzó aproximadamente EUR 360.000 millones para la Unión Europea en 2025.

Los datos de Eurostat sitúan el déficit de bienes de la UE con China en EUR 359.800 millones ese año: el bloque exportó bienes por EUR 199.600 millones e importó por EUR 559.400 millones. La cifra fue presentada en el reporte como equivalente a unos EUR 1.000 millones diarios, una magnitud que Berlín y París consideran insostenible para los productores europeos.

Durante una conferencia de prensa conjunta celebrada cerca de Colonia el 17 de julio de 2026, ambos líderes presentaron, según el material de origen, un frente común contra lo que describieron como distorsiones provocadas por los subsidios de Pekín, la sobrecapacidad industrial y un yuan significativamente infravalorado. Los gobiernos habrían encargado a sus ministros la elaboración de una hoja de ruta para septiembre de 2026, con opciones que incluyen medidas de emergencia, aunque insistieron en privilegiar el diálogo sobre una confrontación abierta.

Un déficit que se extiende por toda Europa

La frustración franco-alemana se apoya en un deterioro que afecta particularmente a Alemania, cuyo déficit bilateral con China casi se cuadruplicó desde 2020, de acuerdo con el reporte citado. El movimiento combina un aumento de las importaciones chinas con el debilitamiento de las exportaciones alemanas, una presión que ha golpeado a una economía altamente dependiente de la manufactura y de la venta de bienes industriales en mercados internacionales.

El reporte también señala que el superávit de bienes de China frente a la Unión Europea llegó aproximadamente a USD 687.000 millones entre enero y julio de 2026, según datos aduaneros citados por la fuente original. Aunque la magnitud corresponde a un periodo distinto del déficit europeo calculado para 2025, ambas cifras apuntan a la profundidad del desequilibrio comercial que domina la agenda económica de Berlín y París.

Todos los Estados miembros de la Unión Europea tendrían actualmente un déficit comercial con China, según el reporte de origen. Esa coincidencia sería políticamente relevante para la estrategia del bloque, porque reduciría el margen de Pekín para enfrentar a una capital europea contra otra, una táctica diplomática que, de acuerdo con el mismo material, había resultado confiable cuando los gobiernos nacionales mantenían posiciones más divergentes frente a las relaciones económicas con China.

La preocupación europea no se limita a la relación bilateral, porque el superávit total de bienes de China se acercó a USD 1,2 billones en 2025, según datos citados en informes sobre el comercio chino. Estados Unidos también mantiene sus propias quejas sobre la estructura comercial china, razón por la cual Merz llevó la discusión a un foro del G7 en junio de 2026, en lugar de mantenerla exclusivamente dentro de los canales entre la Unión Europea y Pekín.

La apuesta por un yuan más apreciado

Merz ha dado una dimensión monetaria concreta al reclamo de los fabricantes europeos. Durante la discusión del G7, el canciller alemán sostuvo, según el reporte original, que el yuan estaría infravalorado entre 25% y 30%, una estimación que transforma en una cifra explícita las críticas de empresas que consideran que la moneda china contribuye a abaratar sus exportaciones y a dificultar la competencia de los productos europeos.

La lógica de Berlín y París es que un yuan más fuerte encarecería los bienes chinos para los compradores extranjeros y, al mismo tiempo, abarataría los productos europeos expresados en moneda china. Para exportadores de agricultura y manufactura de precisión, esa variación podría ofrecer cierto alivio frente a la debilidad de la demanda que ha afectado durante los últimos años a empresas alemanas y francesas.

Sin embargo, el yuan no opera bajo un régimen de flotación completamente libre. El Banco Popular de China gestiona la moneda dentro de una banda de negociación diaria, por lo que una apreciación sostenida requeriría una decisión deliberada de política económica en Pekín y no simplemente una reacción automática de los mercados cambiarios.

Hasta ahora, Pekín no ha señalado disposición a avanzar en esa dirección, de acuerdo con el material de origen. Merz y Macron parecen conscientes de esa resistencia, por lo que han presentado su iniciativa como una búsqueda de diálogo y coordinación multilateral, una fórmula que permite aumentar la presión sin anunciar formalmente el inicio de una guerra comercial.

El precedente del Acuerdo del Plaza

La estrategia enfrenta críticas porque una moneda más fuerte, por sí sola, no necesariamente corrige las causas estructurales de un desequilibrio comercial. Un análisis publicado por Reuters Breakingviews el 31 de agosto de 2026 comparó la propuesta con el Acuerdo del Plaza de 1985, firmado en Nueva York por Estados Unidos, Japón, Alemania Occidental, Francia y Reino Unido.

Aquel pacto buscó debilitar el dólar frente al yen y al marco alemán, y el yen se apreció de manera brusca. El Fondo Monetario Internacional señala que la moneda japonesa se apreció 46% frente al dólar y 30% en términos efectivos reales después del acuerdo. Posteriormente, Japón entró en una prolongada etapa de estancamiento y deflación asociada a la llamada década perdida.

La advertencia central de Breakingviews es que presionar a China para revaluar el yuan sin impulsar simultáneamente el consumo doméstico podría repetir parte de ese error. Si los hogares chinos no gastan más y la estructura de demanda interna permanece sin cambios, una moneda apreciada podría reducir la competitividad exportadora sin garantizar que el déficit europeo se reoriente de forma duradera.

Desde esa perspectiva, China tendría que consumir más dentro de su propia economía, no solo exportar productos menos baratos, para que la aritmética comercial favorezca a Europa. La discusión deja así de ser exclusivamente cambiaria y pasa a involucrar subsidios, capacidad industrial, demanda interna y la forma en que Pekín administra su modelo de crecimiento.

Las opciones que analiza la Unión Europea

La hoja de ruta prevista para septiembre de 2026 será el próximo punto de atención para los mercados y las empresas. Si el documento incluye medidas sustantivas, podría presentar un menú que abarque una escalada de aranceles, investigaciones antisubsidios y nuevas discusiones monetarias multilaterales dentro del G7 o del G20.

La Unión Europea ya cuenta con experiencia en la aplicación de instrumentos de defensa comercial contra vehículos eléctricos, paneles solares y acero de origen chino. En el caso de los vehículos eléctricos de batería, la Comisión Europea mantiene medidas antisubvenciones con una vigencia prevista hasta el 31 de octubre de 2029. Estas herramientas ofrecen un camino institucional para responder a las quejas de los fabricantes, aunque también pueden provocar represalias y elevar los costos para importadores, consumidores y compañías europeas que dependen de cadenas de suministro vinculadas con China.

La presión cambiaria tendría una ventaja política para Berlín y París, porque plantea una corrección macroeconómica en lugar de concentrarse únicamente en barreras comerciales. También entraña una dificultad evidente: el Banco Popular de China puede controlar el ritmo de negociación del yuan, mientras Pekín conserva la capacidad de rechazar cualquier acuerdo que interprete como una imposición externa.

Para los exportadores europeos, el resultado dependerá de algo más que del tipo de cambio. Una apreciación del yuan podría mejorar los precios relativos de sus productos en China, pero el beneficio sería limitado si la demanda interna continúa débil, si los subsidios mantienen la ventaja de los competidores chinos o si una escalada política desencadena nuevas restricciones comerciales.

La disputa también tendrá implicaciones para los mercados de divisas y para los inversores que siguen la relación entre política industrial, comercio y monedas administradas. Por ahora, Merz y Macron han convertido el déficit de EUR 359.800 millones en una prioridad común, pero la eficacia de su estrategia dependerá de que Europa logre coordinarse sin provocar el mismo tipo de desequilibrio que intenta corregir.


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Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA y revisado por un editor humano para garantizar calidad y precisión.


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