OpenAI anunció el cierre gradual de Sora, su aplicación de texto a video, después de apenas seis meses marcados por una rápida caída en el uso, controversias por contenido y un costo operativo que habría llegado a niveles difíciles de sostener.
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- Las descargas de Sora cayeron 70% desde noviembre y los usuarios activos diarios retrocedieron 34%.
- Forbes estimó que la aplicación costaba cerca de USD $15 millones al día, aunque OpenAI no confirmó esa cifra.
- La empresa reorientará al equipo de Sora hacia investigación en simulación del mundo para apoyar sus esfuerzos en robótica.
🚨 OpenAI cierra Sora tras caer 70% en descargas y 34% en usuarios activos diarios.
La app de video a texto, lanzada hace solo seis meses, acumulaba gastos operativos insostenibles de aproximadamente USD $15 millones diarios.
La empresa se reorientará hacia la investigación… pic.twitter.com/ZP8N9r72in
— Diario฿itcoin (@DiarioBitcoin) March 26, 2026
OpenAI anunció que retirará gradualmente Sora, su aplicación de texto a video, apenas seis meses después de haberla presentado como una de sus grandes apuestas de consumo. La decisión refleja un ajuste más amplio dentro de la compañía, que ahora prioriza productos con aplicaciones más directas en el trabajo de oficina y el desarrollo de software.
La historia de Sora llamó la atención porque su lanzamiento marcó un salto visible en la calidad del video generado con inteligencia artificial. Frente a herramientas anteriores, la app podía producir escenas mucho más realistas, acercando esta tecnología a un terreno donde los deepfakes y la manipulación audiovisual dejaron de parecer experimentos rudimentarios.
Sin embargo, el avance técnico no se tradujo en una adopción sostenible. Según datos citados por CNN a partir de Similarweb, Sora superó el millón de usuarios activos diarios poco más de un mes después de su lanzamiento por invitación en septiembre, pero el uso tocó techo a comienzos de noviembre y luego inició una caída pronunciada.
Desde entonces, las descargas se redujeron 70% frente a los niveles observados en noviembre, mientras que los usuarios activos diarios bajaron 34%. La combinación de pérdida de interés, controversias de moderación y una factura operativa cada vez más pesada terminó por convertir a Sora en una apuesta difícil de justificar dentro de las prioridades de OpenAI.
Una novedad potente que no logró retener al público
El primer gran error atribuido a OpenAI fue de producto y comportamiento del usuario. La empresa pareció asumir que, si construía un generador de video muy sofisticado, los consumidores mantendrían un interés sostenido parecido al entusiasmo inicial del lanzamiento. En la práctica, la novedad duró poco.
Parte del problema tiene que ver con la forma en que la gente consume video en internet. Muchos de los clips que triunfan en redes sociales funcionan por una sensación de espontaneidad, de accidente feliz o de momento irrepetible. Un video generado desde un prompt puede verse impresionante, pero no siempre transmite la misma autenticidad que una escena capturada en el mundo real.
Ese contraste afectó la propuesta de valor de Sora. La experiencia de deslizar contenido pierde parte de su atractivo cuando el espectador sospecha que lo que ve no ocurrió y que la persona que lo publica no presenció nada excepcional. En ese contexto, incluso un resultado técnicamente brillante puede sentirse artificial o vacío para un usuario generalista.
La compañía ya había vivido una señal parecida con otro producto de consumo. CNN recordó que el lanzamiento de ChatGPT-5 en agosto fue recibido con críticas por una personalidad más plana y seca, además de fallas al responder preguntas básicas. La reacción obligó a OpenAI a revertir cambios y restaurar modelos anteriores, evidenciando que la excelencia técnica no siempre coincide con lo que el público espera usar todos los días.
Moderación, deepfakes y límites que internet rompió rápido
El segundo frente de desgaste para Sora fue el de la seguridad y la moderación. Aunque OpenAI impuso restricciones sobre el tipo de contenido permitido, los usuarios encontraron muy rápido formas de sortear esos límites. Eso reavivó preocupaciones que acompañan a casi cualquier herramienta avanzada de generación audiovisual.
Entre los ejemplos citados por CNN figuran videos falsos de mujeres siendo estranguladas o salpicadas con una sustancia blanca no identificada, así como escenas de personas cometiendo delitos y figuras públicas usando uniformes similares a los nazis. El problema no fue marginal, porque apareció poco tiempo después del lanzamiento y golpeó la narrativa de uso responsable.
Menos de un mes después del debut de Sora, OpenAI tuvo que pausar videos de algunas figuras históricas. La decisión llegó luego de que usuarios generaran lo que la empresa describió como “representaciones irrespetuosas” de Martin Luther King Jr. La aplicación prohibía usar la imagen de figuras públicas vivas, pero sí permitía recreaciones de personas fallecidas, una frontera que terminó generando fricciones evidentes.
Para una compañía que busca ampliar su presencia empresarial y mantener relaciones fluidas con reguladores, este tipo de incidentes también implica un costo reputacional. En el caso de Sora, la discusión no se limitó al valor del producto para el usuario, sino al riesgo de abrir otra vía masiva para la producción de engaños y contenido dañino.
El peso del costo computacional
Más allá del debate cultural y ético, la razón más concreta detrás del repliegue parece haber sido financiera. Operar una aplicación de video generativo exige una enorme cantidad de procesamiento, energía e infraestructura. Ese consumo convierte al producto en una máquina intensiva en capital desde el primer día.
Una señal temprana apareció a finales de octubre, cuando Bill Peeples, jefe de Sora, publicó en X que “la economía” del producto era “actualmente completamente insostenible”. La frase resultó especialmente llamativa porque llegó cuando la herramienta todavía conservaba parte del impulso de lanzamiento y antes de que el deterioro del uso quedara completamente claro.
En noviembre, Forbes estimó que Sora le costaba a OpenAI alrededor de USD $15 millones al día. La empresa no respondió a las preguntas de CNN sobre esa cifra ni aclaró cuánto influyó exactamente la carga financiera de la aplicación en la decisión final de cerrar el servicio. Aun así, la estimación sirve para dimensionar por qué una app popular sobre el papel puede convertirse en un problema serio en la cuenta de resultados.
Este punto importa más en el contexto actual de la industria. A diferencia de muchas plataformas tradicionales, los productos de IA generativa no solo requieren inversión inicial, sino gasto continuo y elevado por cada uso. Si la retención de usuarios cae y la monetización no compensa, la ecuación se vuelve muy difícil de sostener, incluso para una firma del tamaño de OpenAI.
OpenAI reordena prioridades en medio de más competencia
La salida de Sora no ocurre en aislamiento. Forma parte de un viraje más amplio dentro de OpenAI, una empresa que alguna vez fue vista como líder indiscutible de la carrera de la IA y que ahora enfrenta una competencia más dura de rivales como Anthropic y Google. En ese entorno, cada desvío de recursos importa.
A comienzos de este mes, según informó The Wall Street Journal, el jefe de aplicaciones de OpenAI dijo al personal que la compañía no podía permitirse “distraerse con misiones secundarias”. Esa frase ayuda a entender por qué productos atractivos, pero no esenciales para el negocio principal, están perdiendo espacio frente a herramientas con un camino de monetización más claro.
En consecuencia, OpenAI está reforzando su apuesta por un ChatGPT actualizado con foco en tareas de oficina y por Codex, su herramienta de programación. Ambas líneas encajan mejor con clientes empresariales y casos de uso recurrentes, dos elementos que suelen resultar más valiosos que una app de entretenimiento con alto costo por usuario.
La empresa indicó además que el equipo de Sora seguirá enfocado en la investigación de “simulación del mundo” para impulsar sus esfuerzos en robótica. Es decir, no se abandona por completo la tecnología subyacente, sino que se la reubica en áreas donde OpenAI cree que puede generar más valor estratégico y posiblemente una ventaja más defendible.
Lo que deja el cierre de Sora
El cierre de Sora expone un dilema central para OpenAI y, en general, para el sector de la inteligencia artificial generativa. La demanda pública por herramientas nuevas puede ser enorme en el lanzamiento, pero sostener ese interés mientras se cubren costos de cómputo gigantescos es otra historia. El problema deja de ser solo tecnológico y pasa a ser matemático.
De acuerdo con lo reportado por CNN, OpenAI generó alrededor de USD $13.000 millones en ingresos el año pasado y aspira a triplicar esa cifra en 2026, mientras sigue quemando decenas de miles de millones en capacidad de cómputo. Esa tensión está presionando a la compañía a buscar nuevas fuentes de ingresos y a descartar proyectos que no muestran una ruta clara a la sostenibilidad.
En esa misma línea, la empresa ha comenzado a ceder en áreas que antes evitaba. El reporte menciona, por ejemplo, la posibilidad de mostrar anuncios en los resultados de ChatGPT, una vía que Sam Altman había descrito en el pasado como un “último recurso”. Que esa opción esté sobre la mesa sugiere hasta qué punto la presión financiera se ha intensificado.
Sora, que alguna vez fue presentada como “el motor de imaginación más poderoso jamás construido”, termina así convertida en una lección sobre los límites del hype en IA. El episodio muestra que un producto puede impresionar al mercado, captar millones de usuarios y aun así fracasar si no logra resolver dos cosas básicas: por qué la gente volvería a usarlo cada día y cuánto cuesta realmente mantenerlo encendido.
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